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Plantar una semilla

Empezaré confesando que en los últimos cinco años como viajera me he ido progresivamente reconociendo como una persona egoísta.

Cuando viajas, de la forma que sea y con el presupuesto que sea, tienes la oportunidad de ver con tus propios ojos la realidad de personas que, por el hecho fortuito de no haber nacido en el mismo lugar del mundo que tú, han tenido menos suerte en la vida, y además sus posibilidades de aspirar a algo mejor son escasas o nulas.

Somos tremendamente afortunados. Esa es la verdad más grande que he aprendido en estos años. Soy afortunada por haber nacido donde he nacido y por tener un pasaporte que me permite viajar a cualquier lugar del mundo sin (casi) ninguna traba. ¿Y he experimentado algún cambio de actitud respecto a los demás? Menor del que pudiera hacerme sentir medianamente satisfecha. Es evidente que algo dentro de mí ha cambiado (sin que antes fuera una persona insensible, eso tampoco), y cada vez me preocupo más de hacerme eco de situaciones como las de los niños de los cementerios de Manila, o la de los campos de refugiados de Palestina, pero las cosas como son: no he hecho nada por ayudar directamente, o al menos colaborar a ayudar, a esas personas que no han tenido la misma suerte que yo. Nada. Mucho blablabla, pero nada más.

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[Los chicos de Sobre Rodas viajan por el mundo regalando sonrisas a los niños. Aquí, en el campo de refugiados de Balata (Nablus, Palestina)]

Las excusas son varias: “No tengo dinero”. “Tengo dinero pero tengo poco”. “Apenas me alcanza para mí”. “Y si no es dinero, ¿qué puedo aportar yo?”. “De momento tengo que pensar cómo mantenerme y ya haré algo cuando me sobre tiempo/dinero”. “Algún día”. “Cuando pueda”.

Y sigo viajando. Y veo cosas. Y durante mis viajes, cuando un niño se me acerca  pidiendo unas monedas, no se las doy porque sé que posiblemente esté atrapado dentro de una mafia, y que ese dinero no va a ir a parar a su bolsillo. Y aunque así fuera, la mendicidad no va a sacarle de esa situación; ni siquiera le ayuda a corto plazo. Esto es cierto, pero no excusa la pasividad.

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[Manila, Filipinas. Niños esnifando pegamento.]

Respecto a las ONGs, era escéptica. He tenido la oportunidad de conocer algunas de cerca y no me ha gustado lo que he visto. No me gustan los intermediarios y no me gusta la corrupción existente en la mayoría de ellas. En Mongolia vi la mansión que la delegada de una importante y renombrada ONG a nivel internacional tenía en alquiler y me entraron nauseas. Más cuando sabía que en Ulaan Baatar hay niños, los niños-rata, que viven dentro de las alcantarillas y salen a prostituirse por un dólar. Más cuando supe que la mencionada señora llevaba a su perro a la peluquería todas las semanas.

Así que no hice nada. Pero con el tiempo, esto me ha ido carcomiendo por dentro. Sobre todo en India, el país que más me ha dado, el país que siento como mi segundo hogar, un país donde la miseria alcanza cotas alarmantes. Estaba en deuda con India y quería hacer algo. No mucho, lo que pudiera, pero ya. Ahora. Sin esperar.

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[Un slum de Varanasi rodeado de aguas estancadas.]

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[Las familias de los slums subsisten, de entre otras formas, vendiendo papel y plástico. Como tienen que reunir una cantidad mínima, viven literalmente rodeados de basura  hasta que pueden venderlo.]

Hacía tiempo que conocía la existencia de una ONG española muy pequeñita, con sede en Varanasi y fundada por una joven coruñesa que un día salió de viaje (como yo), llegó a India y le impactó (como a todos), y en lugar de preocuparse por ella misma, decidió regresar a Varanasi y hacer algo. Toma ya. Con dos cojones. Ella sola.

Desde hace cinco años (los mismos que yo llevo viajando sin hacer nada), María Bodelón vive en Varanasi y su ONG, Semilla para el Cambio, ha efectivamente cambiado la vida de más de un centenar de niños de los slums, y también de sus familias. Empezó sola, y desde hace poco cuenta también con la ayuda de Cristina, otra española que ha mudado su residencia (y la de su hija) a Varanasi para dedicar su vida a los demás.

Todavía sin conocerlas en persona, sabía que si un día me decidía por fin a romper con mi inactividad y devolver algo de lo que me ha sido dado, empezaría por ellas. Pero antes quería ver con mis propios ojos su labor.

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[Niños en las actividades extraescolares impartidas en uno de los centros de Semilla para el Cambio. Así se evita que los niños pasen el tiempo en la calle -o que sus padres les obliguen a trabajar- y se refuerza su aprendizaje.] 

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[Como niños que son, les cuesta estarse quietos. Sobre todo cuando tienen visita.]

Visitar Semilla para el Cambio es una experiencia que recomiendo a todo el mundo que pase por Varanasi. Para conocer todos sus proyectos hace falta un día completo, algo que hay que tener en cuenta a la hora de organizar el viaje, pero merece la pena: nadie queda indiferente tras haber sido testigo del trabajo que estas dos mujeres hacen. Cualquiera que viaje a India, aunque sea desde la ventanilla del coche (es triste, pero hay gente que solo ve India así), queda sobrecogido ante la miseria que está en todas partes. Pero solo unos pocos se toman la molestia de conocer a las personas que hacen algo para intentar cambiarlo. Además, hay que dar con las personas adecuadas.

Semilla para el Cambio son esas personas. Cuando estás con ellas salta a la vista que no hay trampa ni cartón. Solo pocos recursos, la colaboración económica de sus padrinos y socios para tratar de ampliar esos recursos, y la brutal mano de obra de sus trabajadores y voluntarios.

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[Los niños de los slums escolarizados por Semilla para el Cambio acuden a colegios privados donde reciben una enseñanza integral y de calidad en inglés e hindi.]

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Nombrar todos sus proyectos requeriría de un reportaje extensísimo, así que me limitaré a lo esencial. Tienen programas de apadrinamiento. También un programa de nutrición. Y de sanidad. Y de alfabetización de adultos.

Y es que los niños no son los únicos beneficiarios de esta organización: a las mujeres de los slums se les proporciona trabajo (enseñándoles a coser o pintando preciosos pañuelos de seda cuyos beneficios revierten, además de en sus salarios, en la compra de más material, siendo un proyecto autosostenible) y educación (se les enseña a leer, sumar y restar); y a sus familias, apoyo sanitario (con la visita de un médico dos veces por semana, introduciéndoles en la planificación familiar, facilitándoles medicinas y anticonceptivos, supervisando sus embarazos y partos).

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[En el centro que Semilla para el Cambio tiene en el barrio de Sigra, las mujeres pintan pañuelos de seda a mano.]

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[También aprenden a leer.]

En pocas palabras, la “semilla” que María plantó hace cinco años ha crecido, y sus frutos ya alimentan la esperanza de muchas familias. Con mucho trabajo y esfuerzo, e indudablemente, con la colaboración de todos sus padrinos y socios.

No hace falta ser un Rockefeller para plantar una semilla que haga el jardín de María más grande. Ni siquiera comprometerse a apadrinar un niño si tu situación económica no te lo permite en estos momentos. Basta con comprar un pañuelo (son preciosos y únicos), un detalle para los invitados de tu boda (las macetitas con semillas me han encantado, ¡cuánto mejor que esos regalos horteras que no sirven para nada!), colaborar con una donación puntual o, aún mejor, hacerte socio del programa de nutrición al que el año pasado le quitaron la subvención y que necesita del apoyo de al menos 100 personas para seguir adelante (son doce euros, solo doce para que un niño tenga dos platos de comida caliente al día durante un mes).

Sin poder enorgullecerme de nada, ni haber hecho ni de lejos todo lo que sé que puedo hacer, yo ya he plantado mi primera semillita. ¿Te apuntas?

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3 comentarios en Plantar una semilla

  1. Pau 4 Febrero, 2015 at 16:01 #

    Preciosa iniciativa Carmen, a veces con muy poquito podemos cambiarle la vida a alguien

    • Carmen 6 Febrero, 2015 at 15:22 #

      Claro que sí, Pau, no hace falta “mucho” para aportar “algo”. Solo querer hacerlo :D

  2. Franvigar 6 Febrero, 2017 at 12:30 #

    Hola buenos días
    Espero que alguien me pueda orientar.
    Este verano viajó a india con mi pareja y pasaremos unos días en veranasi, y con la ayuda del colegio de nuestra hija queremos recaudar 30kg de material escolar como lápices,gomas,sacapuntas etc y entregarlo a la ONG,semilla por el cambio en veranasi.
    Desde La Oficina de Coruña les gustó la iniciativa y me remitieron a mandar un correo a María, la fundadora pasado unos días no e recibido respuesta.alguen me puede orientar o ponerme en contacto con alguien que haya estado y pueda decirme qué hacer
    Mi correo electrónico es. Franvigar@hotmail.es
    Muchas gracias a todos

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