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Cambios

Tenía muchas ganas de volver a Vietnam. Desde la primera vez que viajé a este país habían pasado casi cinco años y la imagen que entonces me había llevado de los vietnamitas no era precisamente buena. Tratándose de un país tan hermoso, estaba deseando darles una nueva oportunidad.

Mención aparte merece su comida, de la que siempre he afirmado que sería uno de mis motivos de peso para volver. La recordaba como una de las más exquisitas del mundo, saludable y con multitud de opciones vegetarianas (aunque en aquella época yo aún no lo era). Tras dos meses en Filipinas viviendo un calvario en forma de arroz blanco con salsa de soja, Vietnam se me aparecía por las noches como un sueño gastronómico por acariciar.

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[Camino por la calle probando todo lo que encuentro a mi paso. Soy FELIZ.]

Así que he vuelto, entrando por la puerta grande del sur: Ho Chi Minh City o, nombre mucho más bonito y evocador, la antigua Saigón. Hemos pasado aquí una semana completa y, aunque parezca demasiado, no me ha sobrado ni un solo día. Como mi última visita a Kathmandú, éste ha sido un viaje muy personal, íntimo, de piel para adentro.

Me pasa siempre que me enfrento a los cambios: a los cambios en un lugar donde he sido feliz, y a los cambios en mí misma. Estos últimos son los más difíciles de digerir, aunque hayan sido para bien y no tenga motivo alguno de queja, sino todo lo contrario. Soy nostálgica por naturaleza, y demasiado (sí, demasiado; llega a ser un problema) sentimental.

En muchos aspectos Saigón se conserva como la recordaba, algo que podría ser interpretado como algo bueno, pero que a mí me ha obligado a enfrentarme a los cambios de mi interior. En algunos momentos, paseando por una calle determinada, visitando un museo o en la excursión a los túneles de Cu Chi he tenido verdaderos déjà vu. Todo era exactamente igual, todo menos yo. Ha sido un viaje intenso.

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[Cosas que se mantienen igual: la propaganda comunista.]

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[El gran número de motos.]

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[Las tiendas y puestos de comida del mercado Ben Thanh.]

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[La Catedral de Notre Dame.]

En otras cosas los cambios que he percibido han sido pequeños, simples matices, y no sé qué es peor, porque con eso sí que me pongo nostálgica y me entristezco pensando en el tiempo que ha pasado. Hablo de detalles casi inapreciables, sin ninguna importancia, como el Museo de la Guerra, cuyas exposiciones han cambiado, haciendo que algunas salas desaparezcan, como aquella dedicada a la paz con fotografías de Ho Chi Minh. ¿A quién le importa a esto? A nadie. De hecho, esa sala era perfectamente prescindible y el museo recoge mejor material ahora, pero… yo he notado su ausencia. Sé que es una tontería, pero no lo puedo evitar. Por eso, al editar la entrada que en su momento escribí sobre Saigón (para ajustar las imágenes, que con el cambio de plantilla del blog se habían deformado) he dejado esa fotografía, que perfectamente podía haber quitado porque no aporta nada. Es mi pequeño homenaje el pasado: Saigón cambia y ya no es la que yo conocí entonces, pero lo seguirá siendo en mi blog; el espejito de mi memoria.

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[Los cambios son el motor de la historia.]

Precisamente editando esa entrada me fijé en un detalle curioso: una fotografía vertical de la fachada de una tienda Louis Vuitton (cuya nefasta calidad también la hacía candidata a ser eliminada) mostraba detrás un rascacielos en construcción en cuya presencia en 2010 no había ni reparado. En este viaje, terminada su construcción y convertido en el edificio más alto de Saigón, la torre Bitexco ha sido incluso protagonista de algunas de nuestras andanzas.

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Y donde más he visto pequeños cambios ha sido en “mi barrio”, ese laberinto de callejuelas escondido tras la popular calle De Tham que yo tanto me enorgullecía de haber “descubierto” (confesión: cuando leo este tipo de declaraciones y me veo tan ingenua, me entran ganas de editar los textos, pero no lo hago). Ahí sí que lo he notado: muchísimas más guesthouses ofreciendo muchísimas más comodidades (no hay una que carezca de Wifi), hogares convertidos en restaurantes o pequeños hostales con enormes recepciones, y ningún “controlador” de aquellos que tanto me llamaron la atención la primera vez que estuve allí. En su lugar lo que hay es un trapicheo de drogas descarado, a la vista de todo el mundo.

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[Algunas cosas siguen igual, como la “Saigón de puertas para afuera”.]

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[Los hogares-restaurante.]

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[Alguno han emprendido negocios más sofisticados que intentan competir con los de la calle De Tham. El barrio está creciendo a pasos de gigante.]

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[La esquina del trapicheo.]

Pero a grandes rasgos el barrio sigue siendo el mismo, y yo tenía una misión en él: buscar la casa donde me alojé en 2010 para reencontrarme con el famoso “niño gordo” cuya soledad tanto me conmovió entonces. Me hubiese gustado dar con la casa el primer día y quedarnos allí, pero a pesar de recordar perfectamente la callejuela donde estaba, no la vi, algo que achaqué al cansancio de haber pasado la noche en el aeropuerto casi sin dormir. De modo que dejé la búsqueda para otro momento y en su lugar nos alojamos en una casa muy parecida, también en la habitación del último piso, al final de una escalera de la muerte, y con su propio “niño gordo” en la cocina (al final resulta que la mayoría de los niños de ese barrio tienen sobrepeso); en este caso, un niño feliz.

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[Aunque tiene cara de cabroncete, es muy simpático… pero no es “mi” niño.]

Con nostalgias incluidas, estos días en Saigón he sido muy feliz. De verdad, mucho (que no sé yo si con este ejercicio de introspección daré la imagen de triste); llevo varios días en una nube. Especialmente gracias a “lo nuevo”, que no ha sido poco. Entre otras cosas, nos hemos encontrado con Sele y Rebe de El Rincón de Sele, que estaban en Vietnam de luna de miel, y juntos hemos visitado lugares en los que ya había estado (como los ya mencionados túneles de Cu Chi, a cuyo “circo” nunca pensé que fuera a volver) pero también muchos que no conocía y que me han sorprendido enormemente, como la Pagoda del Emperador de Jade (solo llegar hasta ella fue toda una odisea) o la iglesia Cao Dai de Tây Ninh, cerca de Cu Chi. No me lo explico, ¿cómo pude pasarlos por alto en mi viaje anterior?

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[Algunos días llovió hasta dentro del mercado.]

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[Esta religión merece su entrada aparte.]

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[En busca del templo perdido, con parche incluido.]

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[Nos costó (dos días), pero lo encontramos.]

En compañía de estos dos amigos hemos disfrutado de estupendos momentos y gratas conversaciones que me han sabido a poco; lo que suele ocurrir cuando te lo estás pasando bien. Pasear por Saigon junto a ellos ha resultado refrescante y personalmente me ha ayudado ver la ciudad y a mi misma desde una nueva perspectiva. Y me ha gustado lo que he visto, así que: gracias.

Sentir un poco de nostalgia no es necesariamente malo, pero hay que saber detenerse porque si miras constantemente al pasado es imposible disfrutar del presente (y terminas hablando como esos viejos viajeros que viven de sus viejas glorias y siempre tienen en la boca una frase tipo: “Kathmandu… ya no es lo que era, cuando vine en el 73”). Con la de cosas que hay para disfrutar. Lo que os digo: he estado en una nube. Si pienso en todo lo que hemos hecho en los últimos días me parece tan de cuento que llego a dudar si la que he estado de luna de miel he sido yo.

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[Visitas a los templos chinos del barrio de Cholon.]

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[Son tantos y tan bonitos que también merecen su artículo aparte.]

cap-dien-luc-saigon[Resolver el misterio de Cap Dien Luc.]compras-saigon-mercado-ben-thanh

[Asomar la cabeza al País de las Maravillas.]

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[Románticos paseos en autobús bajo la lluvia.]

donde-beber-cerveza-saigon[Días que siempre terminaban en la misma calle, la más mítica, la misma que cuatro años atrás.]

A todo esto, del niño gordo ni rastro. Yo estaba mosqueada: tengo buena memoria y me extrañaba no ser capaz de recordar la calle. Di treinta vueltas completas al barrio, metí la cabeza en todas las casas, y nada: ninguna se le parecía. No era normal.

Al final pregunté a los propietarios de nuestra casa. Ninguno hablaba ni una palabra de inglés, así que les mostré la foto del niño en el salón, acompañándola de un grandilocuente gesto con los brazo como queriendo decir: “¿Dónde?”. Se arremolinaron todos alrededor de la foto, empezaron a hablar en vietnamita, llegaron dos vecinos y se unieron a la discusión. Finalmente, uno de ellos se giró y su gesto tampoco dejó lugar a dudas: “Se fueron”. Me pidió que le acompañara a la calle y, antes de que hubiésemos dado ocho pasos, ahí estaba: donde siempre había estado, al girar la esquina.

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Reconozco que en el momento se me cayó el alma a los pies. Había pasado por delante de ella un mínimo de dos veces cada día (algunos más) y no la había reconocido porque tenía una reja echada. La puerta tras la reja tampoco era igual: la pequeña puerta de madera pintada de rosa que aparecía en mis fotografías había sido sustituida por otra de cristal, probablemente al abandonar la familia el hogar y ser éste transformado en una peluquería, un hostal o cualquier otro tipo de local comercial. Apreté la cara contra el cristal: la distribución del salón era la misma, y la escalera de la muerte también; solo faltaba el sofá rojo y mi querido gordo. Y sobraba una de esas estatuas budistas que, con sus luces de neón encendidas a pesar de no haber nadie en casa (ni ese ni ningún otro día) daba a la estancia vacía un aire aún más fantasmagórico del que en esos escasos minutos ya me había dado tiempo a interiorizar.

Nadie supo  decirme a dónde fueron el niño gordo y su familia, cuándo ni por qué. Desde entonces he pensado varias veces en ello e inventado todo tipo de teorías, pero supongo que en el fondo da igual. Más interesante sería autoanalizarme y tratar de entender por qué significa tanto para mí, por qué me ha afectado tanto no encontrarle donde esperaba, tratándose de una persona a la que apenas conocí.  Sé que tiene que ver más conmigo y la parte de mi historia que se va con ellos, que con el hecho de que ellos se hayan ido. De esto último en el fondo me alegro. Al fin y al cabo, todo cambia, yo también, y él no iba a quedarse detenido en el tiempo a la espera de que yo le volviera a encontrar.

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9 comentarios en Cambios

  1. Fernando Jiménez 6 Octubre, 2014 at 18:51 #

    Me flipa la foto de la catedral de Notre Dame …. es MUY buena :)

    besos desde Zaragoza!

    Pd: El parche no te queda bien, a ver cuando te lo quitan XD

  2. Peter 6 Octubre, 2014 at 20:25 #

    Llevo leyendo tu blog desde este año y estoy totalmente fascinado. Me encanta tu forma de ver las cosas y la manera como los narras. Cuenta un poco más sobre la comida de Vietnam porfa, me has dejado con la intriga de saber más con la primera foto porque, a pesar de no haber tenido la posibilidad de probar comida viet antes, dentro de mi dice que es de las mejores del mundo.

    Saludos desde Lima :D

    Pd: Qué le pasó a tu ojo…

  3. Pau 7 Octubre, 2014 at 11:53 #

    Que buenos recuerdos Carmen, yo estuve por allí en 2008, así que también notaría esos pequeños cambios que mencionan.

    No sé si fue porque yo empecé el viaje por el norte, pero la gente del sur del país me pareció mucho más abierta y simpática, aunque todo eso depende de muchos factores y no me gustaría generalizar.

  4. vicente 8 Octubre, 2014 at 11:16 #

    Que recuerdos me ha dado esta nueva entrada en Vietnam, sobre todo al ver lugares donde también pase algo de tiempo, sobre todo en esa terraza tomando cervezas con gente local, mientras la humedad insoportable de la noche hacia mella.
    Lo cierto y estoy contigo , todo cambia aunque siempre hay que decir , que hay cosas que nunca cambian!

    Disfruta de tu estancia en Vietnam y espero que te lleves la buena impresión que me lleve yo de aquel lugar.

    Saludos :)

  5. Mami 9 Octubre, 2014 at 10:06 #

    Ku
    Me alegro mucho de que hayas modificado tu opinión sobre Vietnam, siempre me extraño cuando encontraste tantas pegas en tu primera visita, pues en general, todo el mundo habla maravillas de este país , espero dar pronto mi opinión personal. Tq

  6. José Carlos DS 14 Octubre, 2014 at 23:51 #

    Pues a lo tonto ya me he quedado con la intriga de a que lugar se habrá ido el niño gordo y su familia… Misterios por resolver.

    Está claro que en ocasiones las expectativas juegan malas pasadas, y crean desazón en el cuerpo, más aún cuando ya habías estado allí, y no sabes si las cosas que han cambiado te suponen algo positivo, o algo negativo, o incluso algo que veáis con ojos negativo, ahora lo echas en falta, porque ibas predispuesta a encontrártelo de nuevo. Internamente somos complicados, y en ocasiones casi mejor no analizarse demasiado, y dejarse llevar :)

    ¡Saludotes!

  7. Sele 16 Octubre, 2014 at 11:12 #

    Hola Carmen!!

    A Rebe y a mí nos hizo mucha ilusión poder vivir esta parte junto a vosotros. Lo pasamos muy bien estos días y personalmente vinimos encantados de Vietnam. Nuestra tormentita a la hora de comer, la búsqueda del templo del Emperador de Jade, la misa Cao Dai, los frikitúneles… Ahora vosotros seguís por allí (creo que en Hoi An) y nosotros estamos en nuevos avatares. Se os echa mucho de menos y me encantaría coincidir de nuevo. Tanto tú como Antonio sois estupendos.

    Gracias por formar parte de nuestra luna de miel ;-)

    Sele

  8. karem 21 Mayo, 2015 at 15:43 #

    Hola, felicitaciones por su blog, me encanta, yo también tengo un blog de viajes, espero lo puedas leer algún día :) saludos

  9. Goku 26 Agosto, 2015 at 22:39 #

    Cáp điện lực, indica que por ahí pasa un cable de suministro eléctrico, de ahí que las flechas apunten en ambas direcciones.

    Siempre me ha parecido muy curioso, mucho, que en varios blogs de viajeros, haya una primera mala experiencia con Việt Nam seguida de otras mejores.

    Felicidades por el blog, sigue siendo prácticamente el único blog de viajes que me gusta, no pierdas la sinceridad!

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