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Cuentos cortos de Filipinas (II): Sobre la vida y la muerte en Sagada

Desde la ventana de la habitación contemplé una vista deliciosa. Los tejados de colores sobresalían entre las copas de los árboles que visten aquel -de por sí, verde- valle situado en la provincia de La Montaña con un exuberante traje de fiesta.sagada, cordillera, luzon, filipinas, naturaleza

Sagada es tan bonito que, sin pretenderlo, llega a pecar de pretencioso. Es un pueblo muy turístico, aunque aquellos días se encontraba vacío de visitantes. Como Suances en invierno (y sin costa, pero con sol, que siempre alegra), se me hacía antinatural verlo así. No tenía verdadera vida local, pero tampoco lo llenaban el bullicio y animación que se le suponen en temporada alta, porque no estábamos en ella. Salvo un par de descarriados como nosotros, no había un alma, y la soledad -pese a no estar sola-, se materializaba de forma pegajosa penetrándome hasta el tuétano. 

Fue una pena, porque al mirar por primera vez a través de esa ventana, por un instante había deseado quedarme un par de días disfrutando de aquella belleza. Pero no así. No sin gente. No sabiendo quién podría estar mirándome a través de las otras ventanas, de haber alguien al otro lado.

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Decía que mis recuerdos de Filipinas son raros, rozando lo onírico, nebulosos y fragmentados. También los de Sagada. Recuerdo el restaurante de nuestro hostal (ante la ausencia de turistas, la oferta en el pueblo era más bien escasa), donde por fin encontré algún plato sin carne, aunque a un precio algo elevado. Recuerdo las calles vacías y los arrozales brillantes, tan brillantes que parecían de mentira, obligándonos a detener nuestro caminar para contemplarlos durante largo rato, en silencio con la boca abierta. Y recuerdo la muerte, presente en varios puntos alrededor del pueblo.

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Es curioso cómo en los sueños a veces los papeles se invierten, sintiéndote cómodo en situaciones que en condiciones normales deberían asustarte, mientras los seres y lugares que en tu vida son queridos o familiares te infunden desasosiego e incluso miedo.

Me ocurrió lo mismo en Sagada (o quizá mi memoria quiere conservarla así). Aquellos puntos dedicados a la muerte (cementerios, cuevas y ataúdes colgantes), no por poco misteriosos, me parecieron lógicos y naturales. El pueblo en sí, un pueblo que debería representar la vida y la alegría, a mis ojos era un pueblo muerto que me expulsaba de él, como forastera llegada a un hogar donde no esperaban visita.

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[Ataúdes escondidos que aparecen por sorpresa, como frutos brotando entre los matorrales.]

Cuando pienso en Sagada, sin motivo razonable (porque sus colores relucen bajo los rayos del sol), se me viene a la mente la película de animación La novia cadáver: adaptación de un cuento popular ruso de origen judío en la que Tim Burton realiza, como es habitual en él, una magistral reinterpretación de la vida y la muerte. En el universo burtoniano la muerte es colorida, musical y alegre, mientras el mundo de los que aún respiran, especialmente en esta historia, es gris, aburrido y triste.

Sagada es colorida, pero yo la conocí muerta y eso me incitó a marcharme. Qué culpa tuvo ella de que fuéramos en temporada baja (tanto mejor, se supone). Por el contrario, sus necrópolis me gustaron. O, por decirlo de otra manera, no me sorprendieron tanto como cabría esperarse, sino que las acepté con naturalidad como parte de una realidad más real que la que me mostraban las casas de los vivos.

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Sagada es un pueblo crecido alrededor de la muerte, pues son sus ritos fúnebres el principal reclamo que atrae a los visitantes. En sus inmediaciones se encuentran cuevas donde se almacenan, amontonados, cientos de ataúdes resquebrajados por su propia antigüedad (más de cinco siglos en algunos casos), y restos óseos asomando, como saludando al visitante.

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Todavía más pintorescos son los ataúdes colgantes. Los más accesibles, los del Echo Valley, en el como su nombre indica tu eco te responde a cada palabra, permitiéndote mantener un diálogo con la muerte, si así quiere entenderse. Ésta es sólo mi visión del asunto.

Los ataúdes colgantes no son tan antiguos, pues la costumbre se mantiene en nuestros días. Los miembros de las tribus Igorot que habitan estas montañas construyen con sus propias manos su ataúd antes de morir y, llegado el momento, sus familias les visten con sus ropas y emblemas para que sus ancestros puedan reconocerles en “la otra vida”. Tras meter el cuerpo en posición fetal dentro de la caja, cuelgan el ataúd de un peñasco con el fin de facilitar la ascensión del difunto al cielo.  Para hacerlo todavía más retorcido, hay quien dice que los ataúdes se cuelgan porque según sus creencias los fluidos corporales contienen la “suerte” del difunto, y al rezumar y salir fuera, pueden absorber algo ella.

Otra teoría, más práctica, sostiene que simplemente empezaron a colgarlos para ahorrar espacio de cultivo, protegerlos de los animales y de los corrimientos de tierra. Pero yo me quedo con la interpretación poética (sin el rezumar, que ya me parece demasiado). Al fin y al cabo, dar una explicación racional a un rito tiene algo de contradictorio, sobre todo cuando junto a los ataúdes se ven también colgadas las sillas de los muertos, como si por la noche se sentasen a charlar en ellas.

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Echo la vista atrás y veo que la muerte ha estado muy presente en mi viaje a las Filipinas. Casi siempre de forma alegre, como en el cementerio de Navotas o en el cementerio de los vivos; y también de forma más siniestra, como en aquellos velatorios que presenciamos en el puerto de Cebú, en cuyas calles los féretros se disponen en fila bajo carpas, y las familias se reúnen durante la noche a charlar, comer y beber junto al difunto a cara descubierta.

No terminarán en este post las referencias a lo oscuro. Filipinas es un país donde la vida y la muerte conviven de forma natural, llenando sus recovecos de luces y también de muchas sombras. Ésta es posiblemente la percepción más intensa que me he llevado de este viaje al archipiélago; una percepción condicionada a mi propia subjetividad ante todo, pues mi visión de Filipinas ha estado, más que nunca, marcada por mis circunstancias personales.

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5 comentarios en Cuentos cortos de Filipinas (II): Sobre la vida y la muerte en Sagada

  1. Ofelia 3 febrero, 2015 at 22:02 #

    Me hace gracia la foto de los ataúdes colgantes con la silla; mi suegra es de un pueblo de Córdoba y me dice que a la fosa común siempre la han llamado la “tertulia”. Desconozco si en otros sitios es igual. ¡Aquí también salen a charlar!

    • Carmen 6 febrero, 2015 at 15:21 #

      Jajaja! Esa es buena, nunca lo había escuchado :D

      ¡Un abrazo!

  2. Pau 4 febrero, 2015 at 16:45 #

    Todo muy natural al parecer, pero no deja de ser muy peculiar para los que vivimos (y morimos) por estos lares

    • Carmen 6 febrero, 2015 at 15:22 #

      Las costumbres funerarias siempre son interesantes. En el fondo no somos tan distintos :D

  3. Sebtundis 17 enero, 2016 at 5:11 #

    Hola Carmen,

    En este momento me encuentro en Cebu, y tengo mi vuelo de vuelta a vietnam y ahi a casa (Argentina). Estaba viendo que hacer en Filipinas, y gracias a leerte voy a ir para Sagada :) . Felicitaciones por el Blog Srta, muy buena tu redaccion.

    Gracias

    Sebas

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