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Iwahig, la cárcel de “puertas abiertas”

Bienvenidos al Penal de Iwahig, la prisión en permanente “Jornada de Puertas Abiertas”. Pasad, no seáis tímidos; estáis en vuestra casa. El vigilante os recibirá con una sonrisa, y vuestros anfitriones ya tienen preparado el baile con el que van a agasajaros.

Entrada al penal de Iwahig, Filipinas

Iwahig, la cárcel de puertas abiertas en Filipinas

Visitando el penal de Iwahig en Palawan, Filipinas

Iwahig no es una cárcel al uso. Su principal característica es que no tiene límites marcados por rejas o alambradas, y los presos pueden construir sus propias cabañas e incluso vivir con sus familias. No todos gozan de este privilegio, claro. Aquellos que todavía son considerados peligrosos o que aún no han sido rehabilitados se ven confinados a los edificios de media o alta seguridad.

No sé cuántos de los más de tres mil reclusos que habitan Iwahig componen el primer grupo, pero durante el día que permanecemos allí nos encontramos con más de un centenar. El protocolo es siempre el mismo: una amplia sonrisa, invitación a compartir su almuerzo, intentos por vendernos algunas de las figuritas de madera que ellos mismos tallan para completar sus ingresos (si los venden en el centro de visitantes solo el 10% será para ellos), y plena disposición para contarnos su historia, seguido de un reportaje fotográfico al que se prestan encantados. Se nota que las visitas forman parte de su rutina, y más que molestarles, parecen contentos con ello. O al menos han aprendido a disimular y sacarle todo el partido. Siempre será mejor que permanecer día y noche encerrado en una celda.Cabaña en el penal de Iwahig, Filipinas

Cocinando en el penal de Iwahig, Filipinas

Preso cocinando en la cárcel de Iwahig

Paseando por Iwahig crees estar en cualquier lugar, pero nunca en una cárcel. El paraje es idílico: caminos de tierra, arrozales y plantaciones de diversos tipos, carteles  motivacionales, jardines repletos de flores, casitas de madera salpicadas aquí y allá; perros, cabras y otros animales.

Pastor de cabras en la cárcel de Iwahig, Filipinas

Iwahig, la carcel sin puertas

Iwahig, la carcel donde los presos son reinsertados en sociedad

Joven preso de la carcel de Iwahig, Palawan

“¡Clink, clink!”. Una bicicleta nos llama por la espalda, y aunque nos apartamos para abrirle paso, por supuesto se detiene. El chico al manillar (vestido con la camiseta marrón que identifica a los presos de baja seguridad), en un inglés más que fluido nos cuenta su historia, muy parecida a tantas otras que escucharíamos a lo largo de ese día.

“Maté a un hombre que entró a robar en mi casa.”

“Fui detenido por robo en un hospital de Cebú”.

“Estaba borracho y violé a la mujer de un vecino”.

Algunas historias estremecen. Otras comienzan muy intensamente pero de un segundo a otro enmudecen para quedar incompletas. Más de una, las más suaves, serán probablemente pura fantasía. Los motivos que les han traído aquí son delicados y la principal sensación que tengo es que mis interlocutores están encantados de hablar, de ser protagonistas por un día, pero obviamente por algunos temas se puede pasar de puntillas.

Preso de la carcel de Iwahig

Presos del penal de Iwahig, Palawan, Filipinas

Reclusos del penal de Iwahig, Palawan

Iwahig no es especial únicamente por sus puertas abiertas, lo grande de su extensión (unas 26.000 hectáreas) o el verde del entorno, sino por la oportunidad que se da a los internos comenzar una nueva vida. Tras pasar unos meses en el edificio de seguridad media, y tras algunas charlas de orientación laboral, se les asignan diferentes trabajos con el objetivo de que aprendan el oficio y que al salir puedan ganarse la vida.

Así, hay reclusos dedicados a la ganadería, a la pesca o a la agricultura. El 30% de lo producido revierte en el penal y en la alimentación de sus ocupantes. Otros aprenden diferentes oficios, como la fontanería o carpintería, y se encargan del mantenimiento de los edificios. Los presos de mejor conducta pueden emplearse en tareas administrativas. Todos reciben un pequeño salario por su trabajo (de entre 100 y 200 pesos al mes, en función de su rango), del cual les retienen la mitad. Estos “ahorros” se les serán entregados al mismo tiempo que su libertad.

Granja y plantaciones en la cárcel de Iwahig, Filipinas

Pesca en la cárcel de Iwahig, Filipinas

Los reclusos de Iwahig se saben afortunados. Más de uno comparte con nosotros sus recuerdos pasados en cárceles comunes, donde malvivían hacinados. En Iwahig no solo cuentan con unas condiciones de vida dignas: forman una comunidad de la que se sienten parte activa y se les abre la puerta a un futuro. Algunos tienen la oportunidad de traer a sus familias (mujeres e hijos) para continuar con ellos una vida vestida de normalidad: en Iwahig hay escuela, iglesia, tiendas, pequeñas carinderías e instalaciones deportivas. También hay un edificio que funciona como “centro de visitantes”, donde además de representar el famoso baile (que no llegamos a ver) se venden diferentes souvenirs hechos por los presos.

Pueblo en el que viven los reclusos y sus familias, Filipinas

Pueblo en la cárcel de Iwahig, Filipinas

Casa en venta dentro de la cárcel de Iwahig

Por supuesto, también se oyen quejas: que hay mucha corrupción, que hace años les permitían trabajar fuera de la prisión, que el número de reclusos a los que se les permite traer a sus familias ha disminuido, que a aquellos que gozan de ese privilegio ya no les dan una ración de comida extra para sus familiares… También están aquellos cuyas familias viven lejos y aseguran que preferirían estar en cualquier prisión para que pudieran visitarles.

Nunca llueve a gusto de todos, pero en cualquier caso no cabe duda de que Iwahig es un penal único en su especie (no sé si habrá en el mundo otro similar, de ser así yo no lo conozco), donde se respira un cierto aire de esperanza. Según las estadísticas, la tasa de reincidencia tras salir de él está por debajo del 5%. Números aparte, una prisión que en lugar de centrarse únicamente en el castigo, da prioridad a una reinserción laboral y social de sus internos es en mi opinión un modelo a tener en cuenta.

Reinserción en la cárcel, Filipinas

Preso de Iwahig, Palawan Filipinas

Cómo llegar al Penal de Iwahig

El penal de Iwahig se encuentra en la isla de Palawan, a unos 40 kilómetros al sur de Puerto Princesa. El trayecto dura aproximadamente una hora y hay diferentes multicabs que dejan directamente en su puerta.

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4 comentarios en Iwahig, la cárcel de “puertas abiertas”

  1. Kitty 11 septiembre, 2017 at 10:42 #

    Qué bueno que compartas un tipo de turismo tan diferente a lo que se ve siempre. Me encanta!

  2. Oscar Presilla 12 septiembre, 2017 at 18:47 #

    Otro dato curioso es que algunos ni siquiera abandonan el penal cuando han cumplido su condena, ya han hecho su vida allí.
    Un abrazo.

  3. gonzalo 13 septiembre, 2017 at 8:22 #

    Felicitaciones por el post!, nunca había escuchado algo así, en enero estaré por Filipinas a ver si me puedo dar una vuelta. Un saludo

  4. zenón 18 septiembre, 2017 at 14:29 #

    Felicidades por el post. Genial que cuentes cosas alejadas del turismo masivo. Un abrazo

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