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Una línea dividiendo algo más que tierra

En el transcurso de este viaje han sido varias las fronteras que he tenido que cruzar a pie, y casi todas ellas me han dejado un recuerdo especialmente marcado. La frontera de Tailandia con Camboya, por ejemplo, ha quedado grabada en mi retina para siempre como la frontera de la corrupción; la de Camboya con Vietnam, por aquel inolvidable viaje en barco al atardecer, surcando las aguas del río Mekong; sobre la frontera de Vietnam con Laos, a través de las montañas del norte… en fin, ¿qué puedo decir de esa? fue la hostia (con perdón). Por ser totalmente objetiva, tal vez el que menos me sacudió en su momento fue el paso de India hacia Nepal; al menos, a la ida, ya que a mi regreso tras unos días en el país de los Himalayas, había echado tanto de menos mi queridísima India que noté diferencias (a mejor) hasta en el color del polvo del pueblo de Raxaul (y eso que era de noche).

En cualquier caso, y volviendo a la etapa del viaje que nos ocupa, ahora puedo decir que ningún cruce de frontera me ha impactado tanto como el de Argentina con Bolivia. En todos los aspectos. En el paso fronterizo que divide las ciudades de La Quiaca (Argentina) con Villazón (Bolivia), la frontera deja de ser una línea imaginaria separando dos simples trozos de tierra: el contraste entre ambas localidades es tan fuerte que te sacude, te golpea y te deja atontado para las siguientes tres horas que dura el trayecto en autobús hasta el pueblo de Tupiza (o las ocho horas de tren, en el caso de aquellos que tengan pensado ir directamente a Uyuni… y lleguen a Villazón el día correcto).

La Quiaca es una ciudad marrón, sin vida; casi podría decir que sin habitantes, pero lo dejaré, simplemente, en que no se dejan ver con facilidad (tal vez por el sol que hacía a esas horas del mediodía). Un lugar, en resumidas cuentas, triste; tan triste, que pasé por él lo más rápido que pude, sin detenerme siquiera a tomar una fotografía.

El primer golpe (y de qué manera), me vino derechito a la frente nada más a cercarme al paso fronterizo en sí. De repente, ante mí, vi una hilera de personas-hormiga, cargando sobre sus espaldas los más pesados fardos, de un país al otro, en un caminito cerrado a ambos lados por una alambrada de metal. La fila (que en realidad eran dos e iban hacia ambos lados) parecía no terminar nunca: las personas (/hormiga) se sucedían sin descanso y podían contarse por decenas. Jamás había visto nada parecido. Jamás.

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Pasado el shock inicial, así como por el puestito de emigración argentino, crucé el puente que oficialmente separa los dos países. Tras sacar la fotografía de rigor, observé a mi derecha otra larguísima cola a la que no hice mucho caso (o no se lo quise hacer), y como nadie me dijo nada, ni nadie me llamó la atención, seguí caminando tan campante en dirección al Estado Plurinacional de Bolivia. Esa noche, al reparar en que (¡oh, sorpresa!) no tenía el sello boliviano en mi pasaporte, descubrí a qué se debía esa misteriosa cola a la que no me había querido acercar: era el puesto de inmigración de Bolivia. Es decir: estoy en el país de “ilegal”, “de extranjis”. O en otras palabras: que si desaparezco aquí, a Evo no vayáis a pedirle responsabilidades, vaya. Menuda faena: yo quería el sello para mi colección.

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Pero sigamos con las diferencias: Nada más poner un pie en territorio boliviano, y dejando atrás La Quiaca, Villazón explota ante los ojos del visitante como un carnaval permanente: las casas de cambio se suceden unas a otras casi ininterrumpidamente; la música emana, gloriosa, de todas las puertas y ventanas; hay comercios de cualquier cosa que se os ocurra: ropa, calzado, souvenirs, artesanía, tecnología… algo que tiene su lógica, ya que Bolivia es mucho más barato que Argentina y todo el mundo viene aquí a hacer su negocio. Pero, por encima de todo, a mí personalmente lo que más me impactó fueron las mujeres: las enormes y esperpénticas mujeres bolivianas.

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Villazón

Al principio me causó gracia: esas larguísimas trenzas, rematadas con pompones de colores; esas faldas de quince capas, a la altura de la rodilla (e incluso algo menos); esas medias gruesísimas de colores imposibles, a lo Pipi Calzaslargas; ¡esos sombreros! que si los de “vaquero” ya son la monda, los estilo “bombín” ya no tienen descripción posible…; y esos niños, atados a la espalda cual monitos (la que tiene la suerte de llevar sólo un niño, y no cuarenta kilos de lo-que-sea). Como decía, al principio me causó gracia. Me sorprendió. Me hizo reír. Me dio algo de pena. Me retuvo embobada, mirando en todas direcciones, durante más de veinte minutos. Y me gustó. Una voz sonó dentro de mi cabeza “qué país más especial: te va a encantar Bolivia”. Pero fueron sólo los primeros minutos.

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Antes de venir, me habían hablado también de un extraño fenómeno que suele darse al cruzar la frontera boliviana. Una suerte de “prueba” de la que al parecer nadie se libra: el mal de altura. Por lo que me habían contado, era como si el suelo de éste país tuviese una especie de maldición, y nada más pisarlo, el propietario del pie sufriese las más terribles dolencias: vómitos, náuseas, dolores de cabeza, vértigo… Pues bien: a mi no me sucedió nada de eso. Puede que el haber pasado la última semana en los pueblos de la Quebrada de Humahuaca me haya servido para ir habituándome, poco a poco, a la altitud; puede ser, también, que simplemente he tenido suerte. Quién sabe. Lo que si me pasó, y no fue solo un ratito, es que de un segundo para otro mi estado de ánimo cambió, y fui presa de un llanto terrible y descontrolado.

¡No podía parar de llorar! ¿que veía a un niño con el gorrito de alpaca cubriéndole las orejas, y la naricita sucia?: lloraba; ¿que se me acercaba una señora, cubierta con un grueso poncho, las trenzas por la cintura  y la cara llena de arrugas?: lloraba; ¿que hacía un frío de mil demonios (del que hasta ahora me había librado) y se me congelaban los dedos de los pies?: lloraba. Una cosa terrible. Y lo peor de todo: ¡era incapaz de controlarlo!

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Así pues, mi estancia en el pueblito de Tupiza queda más bien para el olvido; y las siete horas de viaje en autobús hasta Uyuni podrían englobarse dentro de “más de lo mismo”. Aunque los paisajes que veía desde mi ventana eran realmente asombrosos, yo no era capaz de quitarme ese velo de tristeza que me hacía filtrarlo todo de color gris. El pueblo más importante por el que pasamos fue Atocha. En el mapa, Atocha aparecía marcado como un gran punto azul entre Tupiza y Uyuni, por lo que supuse que sería una ciudad más bien grande… y a la fotografía me remito. No es que no fuese grande: es que no me lo esperaba tan pobre.

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Parada en Atocha

Pero, yo ¿qué sabía de Bolivia antes de venir? ¿Que gracias a sus riquezas, Europa –y occidente en general- ahora es lo que es? ¿Que fue en su guerrilla donde mataron al Che Guevara? ¿Que desde 2006 tiene un Presidente aficionado a los jerseys de rayas? Básicamente nada.

Cuando hace año y medio avisé de que tenía la intención de ir a India varios meses, leí todo lo que cayó en mis manos sobre ese país, y todo el mundo me advirtió de la pobreza, de la mendicidad, de lo duro que era, de lo mal que lo iba a pasar… Llegué, y no me sucedió nada de eso. Al contrario: me fascinó. Y pongo la mano en el fuego si digo que India no me transmitió ni la mitad de sensación de tristeza o de miseria, de la que estoy sintiendo en Bolivia. Ni la mitad. ¿Será el sol? ¿El calor? ¿El movimiento ese tan curioso que hacen con la cabeza, para responder a lo que sea? No lo sé: llevo poco tiempo en este país, y sin duda lo he pillado en una época dura, pero de momento todo me parece frío, gris, triste… y no soy capaz de darle la vuelta a la hoja.

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¡Ojo! Eso no significa que no me esté gustando. Ahora que he superado la etapa del llanto-para-todo, que me he “habituado”, por así decirlo, estoy completamente fascinada. Y supongo que a ello habrán contribuido, en mayor o menor medida, algunas de las lecturas que han pasado por mis manos en los últimos días (porque si llega a ser por la educación que recibí en España, andaba lista –será culpa de la LOGSE, como siempre-).

Bolivia (la actual, pero sobre todo la histórica) me tiene completamente hechizada, absorbida. Sé que es un sentimiento algo contradictorio: que un lugar que me transmite tanta tristeza, me guste tanto; pero no es la primera vez que me pasa. Cuando un país tiene mucha historia detrás (y esa historia, por el motivo que sea, me toca la fibra), suele generar en mí un sentimiento de profunda nostalgia, aunque curiosamente sea nostalgia por un mundo que no he llegado a conocer. No tiene sentido, ¿verdad? Qué más da… Al final, lo que realmente importa son los hechos. Y los hechos, en este caso, son que vine a Potosí con la intención de pasar un par de días, y ya llevo cinco. Y creo que van a caer más.

Pero no adelantemos acontecimientos: antes de llegar a la antigua Villa Imperial de Carlos V, he pasado por algunos de los escenarios más increíbles de éste planeta…

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10 comentarios en Una línea dividiendo algo más que tierra

  1. José Carlos DS 8 septiembre, 2010 at 16:39 #

    Esto no se hace!! hoy que me pongo al día en las entradas, cuelgas 2 de golpe xDDD menos mal que hoy tengo el día sin obligaciones y me voy a poder leer ambas :D

    La verdad que viendo la frontera se ve que hay poca vigilancia o que tuviste mucha suerte jeje contando esta experiencia ya mismo veo a gente pidiéndote consejo e información para saber como lo hicistes jaja

    Espero que no hayas acabado deshidratada con tanta llorera, la verdad que Bolivia vive una situación alarmante y las diferencias entre unos y otros países en latinoamericana son enormes, una verdadera lástima.

    • Ku 9 septiembre, 2010 at 21:14 #

      Consejo para que, Jose? Si aqui no hay que pagar visado ni nada…. mas bien espero que no me de problemas esto de estar aqui de “incognito”!
      Un beso!

      • José Carlos DS 10 septiembre, 2010 at 17:40 #

        Si… si… disimula… jaja na era una coña, es que tal como lo cuentas es digno de una espía secreta que se infiltra sin ser vista XD

        Un Saludo!

  2. javier 8 septiembre, 2010 at 16:59 #

    Estimada Carmen: es normal que Bolivia cause todas esas sensaciones en tu ser, ya que lo causa en todo ser sensible. Bolivia no es para “turistas de lo facil”. Atras quedo Argentina, que trata de crecer a semejanza de lo que fue Europa o Estados Unidos, en cambio en Bolivia en esas mujeres con los niños a las espaldas podras disfrutar de un pueblo autentico , que debe ser uno de los pocos que los conquistadores no pudieron asesinar, enhorabuena viajera. Me gustaria tomarme agun cafe contigo cuando vuelvas, viva Bolivia !!!!!

    • Ku 9 septiembre, 2010 at 21:13 #

      Cuenta con ese cafe, Javi!

  3. Mami 8 septiembre, 2010 at 21:40 #

    Ku
    Una vez mas,no sé que decir.Nos desvordas con tu experiencia diaria. Esta triste y luego no. ¡Que pais! Pareces cansada.
    Son impresionantes la fotos de “las ormigas”Si lo ves en una pelicula crees que el director “se a pasao”
    Con el tiempo,todo quedará en “tu haber”
    t.q. mamá

  4. Mami 8 septiembre, 2010 at 21:47 #

    Se me fue la H de hormiga, un error material-mecanografico del que me dí cuenta al minuto, y que debo corregir,no sea que piensen que tienes una madre analfaburra.

    • Ku 9 septiembre, 2010 at 21:10 #

      El mejor comentario que me han dejado nunca, mami!

  5. Sebastián 29 diciembre, 2013 at 19:15 #

    Hola!
    Llegué a este blog mientras buscaba información sobre China y de a poco me ha enganchado.
    Tuve la suerte de viajar tanto a Bolivia como a India, y al igual que tu describes también me sucedió esa sensación de tristeza o miseria solo en Bolivia y es que parece que, sobretodo en el sur del país, la gente acepto su destino, lo que los hace negarse a ser feliz. Y te entiendo también que a pesar de todo te encante el país, yo definitivamente volveré en la época de carnavales (febrero) del próximo año.

    Saludos desde Chile!

    • Carmen 11 enero, 2014 at 8:29 #

      Gracias por tu comentario, Sebastian. En cierto modo me reconforta saber que no soy la única que tuvo esa sensación en Bolivia, si bien tengo muchas ganas de regresar para darle otra oportunidad con ojos nuevos. En Carnaval tiene que ser una pasada.

      ¡Un saludo!

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