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Cartas desde Birmania (3): Agridulce Bagan

Cuando era pequeña, una de mis fiestas favoritas era la navidad: luces de colores, villancicos, cenas en las que se reunía toda la familia (cuando aún no faltaba nadie, o nadie desde los ojos de una niña) y los pequeños eran el centro de atención, regalos y, por supuesto, la llegada de los Reyes Magos. ¿Qué más se podía pedir?

De aquellas fechas, uno de los recuerdos que guardo con mayor cariño es ir a ver con mis padres el Belén que todos los años se montaba en la iglesia de mi pueblo. Un Belén enorme (o eso me parecía a mi) de cartón piedra, donde se narraba la historia del nacimiento de Jesús, desde la Anunciación hasta la matanza de todos los niños a manos de Herodes. Me gustaba tanto que no me conformaba con ver sólo ese, sino que parte de la tradición consistía en ir un fin de semana de “tour” por todos los Belenes de las localidades vecinas para escuchar la misma historia.

De toda la narración mi parte favorita era la mañana que había nacido el niño y los pastores iban a adorarle. Aún recuerdo cómo la sala se quedaba prácticamente a oscuras, y poco a poco iba “amaneciendo”, alumbrando primero el pesebre, y después toda la maqueta, mientras sonaba una música épica y esperanzadora. A esas alturas estaba tan metida en la historia que era capaz de imaginarme 2000 años atrás, hasta casi creer que estaba sucediendo de verdad, y se me erizaban el vello de los brazos.

Esa misma sensación, salvando las diferencias de edad, perspectiva y tiempo, la he tenido al ver el amanecer sobre la inmensa llanura de Bagan. Desde lo alto de la magnífica Shwesandaw Paya, una pagoda construida a modo de pirámide escalonada de cinco terrazas, he podido disfrutar de uno de los espectáculos más bonitos que haya tenido la suerte de ver en mi vida.

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Ante mis ojos, como una maqueta, casi de mentira, se extendía la inabarcable llanura, salpicada por los más de 1000 templos y pagodas (o eso dicen… dejémoslo en que son muchos) que el rey Anawrahta, y tras su muerte, su dinastía, construyeron hace 800 años. Al principio la oscuridad era casi total, y el único signo de vida percibible a mi alrededor era el canto de los pájaros anunciando el comienzo del nuevo día. Minutos después el sol había entrado en escena: al principio despacio, como si no tuviese ninguna prisa por salir, haciendo que la oscuridad se fuese difuminando, abriendo paso a una luz azulada que ha teñido toda la planicie.

Cuando el astro se ha hecho visible, sus rayos han comenzado a alumbrar el escenario y las construcciones: las más alejadas, primero; las más cercanas a mi, después, haciendo que por unos instantes adquiriesen unos tonos rojizos o dorados, como de ensueño, antes de quedar completamente iluminadas y recuperar su verdadero color, ese con el que durante el día reciben a los turistas. Ha sido un momento mágico.

Lo mejor es que todo esto he tenido la suerte de verlo completamente sola, por lo que no me ha sido difícil dejar volar mi imaginación, olvidarme por un momento de quién soy o en qué año estamos, e imaginarme testigo de ese mismo amanecer, 800 años atrás. A decir verdad, no creo que el escenario haya cambiado mucho.

Pero retrocedamos un día en el tiempo, ya que, aunque sin vistas ni amaneceres, yo ya había recorrido y explorado los templos antes.

El día anterior, nada más levantarme, lo primero que hice fue alquilar una bicicleta. Para visitar Bagan por libre hay tres formas de moverse: el taxi, el coche de caballos y las bicis. Yo escogí ésta ultima, en parte porque era la que mejor se adaptaba a mi presupuesto (1$ el alquiler de un día, frente a los 10 o 15$ -dependiendo del regateo- que cuesta el carro), en parte porque prefería ir a mi aire, sin tiempos marcados ni nadie esperándome en cada esquina.

Antes de salir de la guesthouse, me dirigí al dueño para entregarle los 10$ que hay que pagar por entrar en Bagan, y que el día anterior no había podido darle por falta de cambio. El hombre, que no habla nada de inglés, me miró con cara de no saber de qué le estaba hablando, así que, tras varios intentos fallidos por hacerme entender, le dije que no se preocupase, que ya lo pagaría en la entrada. Lo que entonces no sabía yo es que ya estaba dentro.

Cuando di con un hombre que alquilaba bicicletas, volví a hacerle la misma pregunta: si sabía donde podía comprar el ticket para entrar en la zona arqueológica, ya que no me gustaría recorrer los casi 4 kilómetros que hay desde Nyaung U hasta allí y tener que dar media vuelta por no llevarlo preparado. El hombre tampoco parecía entenderme, y me señaló varias tiendas a las que acudí a preguntar, recibiendo las mismas caras interrogantes por respuesta. Al final decidí arriesgarme, regresé donde las bicis y cuando el hombre me preguntó si había tenido suerte y le expliqué por enésima vez toda la situación, al final, entendió: “¡Pero si ya estás en Bagan! ¿No has tenido que pagar en la entrada? ¿En qué has venido?”

Cuando le dije que no, que no había pasado por ninguna taquilla, y que había venido en un autobús local, al hombre se le iluminó la cara: “¡Bien, bien! ¡No pagues! Si te pregunta el de la guesthouse, dile que ya has pagado en otra parte, ¡pero no pagues! Ese dinero no se emplea para la conservación de los templos, ni siquiera se invierte en sanidad o educación, es todo para el gobierno, ¡todo para el gobierno! ¡No pagues!”. Tras lo cual, a modo de justificación, añadió: “Además, para ti también es mejor, ¿no?” Realmente, el hombre parecía muy excitado y contentísimo de que no hubiese pagado. Casi más que yo.

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A las nueve y media de la mañana ya estaba montada en mi bici recorriendo la planicie. Todavía tenía algo de miedo de encontrarme con algún vigilante que me pidiese el famoso ticket, pero no tardé en darme cuenta de que allí no había nadie. Con razón decía el hombre que ese dinero no se invierte en la conservación de Bagan: allí no hay vigilantes de ningún tipo y parece que todo estuviese permitido. Lo mismo da si te apetece arrancar una piedrita que si vienes con un spray para dejar tu “firma” en una pagoda. Nada, allí nadie controla nada.

Por no haber (al menos estos tres días que he estado yo), no hay ni birmanos. Es tal el calor, que apenas me habré cruzado con treinta o cuarenta personas en las casi siete horas que he estado pedaleando de aquí para allá. Incluso los vendedores de souvenirs prefieren refugiarse en los bares o en sus casas, ya que, al no haber ningún turista, tampoco hay mucho negocio que puedan hacer. Eso sí, cuando tenían la suerte de cruzarse conmigo, ¡no había forma de quitármelos de encima!

El paseo ha sido muy agradable, al menos las dos primeras horas, antes de que el sol pegase con toda su fuerza. A partir de las doce del mediodía he ido de mal en peor; el paseo no resultó ser tan “paseito” como había imaginado: el calor era infernal, la carretera llena de baches y los caminos de tierra blanda no ayudaban a moverse con una bici de paseo, y la planicie… deja de ser planicie cuando estás sobre una bici. Incluso la cuesta más pequeñita, de 20 grados, me costaba horrores subirla.

Aún así, no me di por vencida, y aguanté hasta las tres y media de la tarde, hora en que decidí emprender el camino de vuelta. Para esa hora ya había bebido cinco botellas de agua (lo digo sólo a título informativo) y aún tenía sed: no quise darme la vuelta, pero estoy segura de que el reguero de sudor que iba dejando a mi paso debía atraer a todos los animales de la zona.

Tardé más de una hora en llegar a Nyaung U, y en algunos momentos pensé que no iba a conseguirlo. Necesitaba detenerme para descansar cada cinco minutos, y aunque en algún momento se me ocurrió hacer autostop, con la bicicleta tenía pocas posibilidades de que nadie me cogiese, así que no me quedó más remedio que seguir pedaleando. Eso sí: la satisfacción y el orgullo que sentí cuando a las cinco de la tarde me dejé caer sobre la cama, es inexpresable.

Como mi autobús a Mandalay no salía hasta las ocho de la tarde, el día siguiente, tras ver el amanecer que os he comentado al principio de la entrada, lo he dedicado a pasear por Nyaung U (sinceramente estaba orgullosa, mucho, pero de ahí a repetir la experiencia… ¡ni loca!). He visitado la Shwezigon Paya, que se encontraba justo junto a mi hostal, y que al parecer es la estupa dorada original en que se basaron para construir la Shwedagon de Yangon; y he paseado por el mercado.

El calor, aún sin bicicleta, seguía siendo insoportable, y cuando me cruzaba con alguna persona que me preguntaba qué hacía y si necesitaba algo (la amabilidad es cualidad predominante entre los birmanos), para no decirles siempre “no gracias” o “estoy bien”, empecé a responder “intentando sobrevivir”, y se partían de risa. Incluso ellos se quejan del calor que hace.

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En definitiva, estos días en Baganhan sido muy intensos, y me voy, a grandes rasgos, muy contenta. Entonces, ¿por qué el título de “agridulce” de esta entrada? Ahora es cuando viene la carnaza… esto os va a encantar: os voy a contar el robo del siglo.

Hora y media antes de la salida de mi autobús, empecé a hacer la mochila. Cuando ya lo había metido prácticamente todo, no sé qué misterioso ángel me iluminó, pero me dio por revisar el dinero que tenía.

Supongo que recordáis que en Yangon había cambiado 160 dólares por 176.000 kyats, y que estos me los habían dado en un montón de fajos de billetes. Los fajos estaban, a su vez, divididos en dos: uno de 100.000 kyats, compuesto por diez “fajitos” de 10.0000 kyats, y otro de 76.000 kyats, que era del que estaba tirando hasta el momento. El de 100.000 kyats lo guardaba en la mochila, junto a los dólares aún sin cambiar, y no lo he sacado de la habitación en ningún momento.

Pues bien: todas las noches, entre las muchas cosas que hago para entretenerme (leer, escribir, escuchar música, contar ovejas…), reviso también el dinero. Este comportamiento no responde a ningún tipo de paranoia, sino que más bien es mi forma de controlar lo que tengo y lo que he gastado (con esta moneda tan incómoda es un poco difícil llevar las cuentas) y también, por qué no, de pasar el rato.

Como todos los días, la noche anterior a mi “gran tour” en bici por Bagan, había sacado el fajo grande y había contado uno por uno los “fajitos” y los billetes, comprobando que, efectivamente, tenía 10 fajitos de 10 billetes de 1.000 kyats cada uno, además de los dólares. Es decir: 100.000 kyats (más lo que me quedaba del fajo pequeño, que eso va conmigo en la cartera). Sin embargo, el día de mi vuelta ciclista, llegué tan exhausta, que únicamente cogí el fajo grande, comprobé que tenía 10 fajitos más los dólares, y me dormí tranquila.

Bueno, pues como decía, unas dos horas antes de salir hacia la estación de autobuses me dio por contar el dinero: Saqué el fajo, le quité la goma… y cuando terminé de contar el primer “fajito” vi que sólo tenía cinco billetes. Me extrañó, y pensé que tal vez había empezado a usar el fajo grande sin darme cuenta, así que tomé el segundo fajito. Conté los billetes… y ahí sólo había cinco. Supongo que no hará falta que diga que cuando conté los demás fajos, también estaban compuestos por sólo cinco billetes. Diez fajos perfectos, de 5 billetes de 1.000 kyats cada uno: 50.000 kyats, en lugar de los 100.000 que debería tener.

Naturalmente, lo siguiente que hice a continuación fue comprobar los dólares, pero estos estaban todos: el “ladrón” había hecho un trabajo perfecto, robándome la mitad de mi dinero de forma que si yo miraba el fajo por encima, quedaría tranquila al ver que tenía mis dólares y 10 fajos en kyats, ya que a menos que me diese por desmontarlo, no me daría cuenta de que cada uno de los 10 fajos estaban solo “a la mitad”.

Salí echa una furia de la habitación y fui a recepción maldiciendo a los birmanos, a este país “tan seguro”, y jurando que no pensaba pagar las dos noches que había dormido allí. El hombre de recepción me miraba sin comprender nada (ya he dicho que no habla inglés), así que tuve que esperar a que llegase uno de los chicos que más o menos le tradujo lo que había pasado, y aunque no parecían creérselo del todo (algo que, por otra parte, entiendo: es su palabra contra la mía), al ver mi estado de nervios, me dijeron que podía irme. Como sabía que no había nada mejor que pudiese hacer, tuve que comerme mi rabia y aceptar esta media “solución”.

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Cuando, diez minutos después, salí de la habitación con la mochila puesta, una gran multitud estaba congregada en la puerta de la guesthouse: el dueño, la mujer del dueño, los abuelos, los primos, los hijos, los chicos de la limpieza (unos chavalines de unos 15 años), además de medio pueblo, que tampoco quería dejar la oportunidad de saber qué estaba ocurriendo.

Un hombre, que se me presentó como “el profesor del colegio” y se ofreció a hacer de intérprete, me hizo contar la “historia” más de veinte veces, traduciéndosela a su vez a todos los demás, que miraban con cara de asombrados, y repetían una y otra vez que era la primera vez que ocurría algo parecido. Ante este tipo de comentarios, yo les respondía que llevaba cuatro meses viajando por India, durmiendo en trenes, en cabañas, en casas privadas, en agujeros negros, y que tampoco a mi me había pasado nada parecido. Que ya estaba bien que me ocurriese precisamente en la “tranquila y segura” Birmania, dentro de mi propia habitación.

Me retuvieron ahí durante casi tres cuartos de hora, y tras mucho hablar entre ellos, creo que no sólo me creyeron, sino que incluso llegaron a tener un primer “sospechoso” de quién podría haber sido el autor del robo (uno de los chicos que limpian las habitaciones, que había empezado hace poco). Naturalmente, con tan poco tiempo, sin pruebas, y mi autobús que salía hacia Mandalay en menos de 20 minutos, no había mucho que se pudiese hacer, así que cuando me preguntaron qué solución proponía, les dije que, sinceramente, yo sólo quería irme y olvidarme del asunto, pero que controlasen bien a sus chicos, porque esta vez había sido yo, pero mañana podía ser cualquier otro.

Al escuchar esto, parecieron relajarse, y naturalmente no me cobraron las dos noches que había dormido allí. Cuando les di la espalda, mientras me alejaba del lugar, durante un largo rato me acompañaron los gritos que se lanzaban los unos a los otros… En el fondo creo que este suceso, sobre todo, lo que les dio fue bastante “vidilla” y un tema de conversación para esa noche.

Así que en estas estamos: con 50.000 kyat menos. 50.000 kyat son 50 dólares, pero, intentando ver las cosas desde una perspectiva optimista, teniendo en cuenta que no pagué los 10 de entrada a Bagan, ni las dos noches de hotel (8.000 kyat), podría decir que lo que en realidad he perdido han sido solo 32 dólares… que no es tanto (y en euros, menos).

Pero no es el tema del dinero lo que me molesta. Me molesta tener que ser yo, entre todas las personas que vienen a Myanmar cada año, quien diga que me han timado o robado por un lado u otro. Y no una, sino ya dos veces (en 5 días): una dentro de mi propia habitación cerrada con llave. Precisamente aquí, en el país de la “buena gente”, después de viajar durante cuatro meses por India (de cuyos habitantes es más común escuchar que son unos estafadores, tramposos, o lo que sea, algo en lo que no estoy de acuerdo) sin que nadie se me haya ni acercado.

Pero como me siguen quedando 18 días en el país, y no quiero hacer de lo que, espero, sea una excepción, la regla: borrón y cuenta nueva otra vez. En lo único en que este suceso me afecta realmente es en que voy a tener que reajustar mi economía un poquito más si cabe, y como en alojamiento no hay mucho que pueda ahorrar (si no tienen Internet, Couchsurfing ni lo menciono), me lo tendré que quitar de la comida… Vamos, que entre las caminatas y la dieta que voy a seguir, ¡voy a salir de Birmania con un tipín monísimo!

Originalmente esta entrada no tenía fotografías, ya que debido a los problemas para conectarme a Internet durante aquel viaje en 2010, todas las “Cartas desde Birmania” fueron publicadas sin imágenes. No obstante, para hacerlo un poco más ameno, he seleccionado de mi escueta galería de Flickr un par de ellas al tuntún, si bien admito que no están a la altura habitual del blog.

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12 comentarios en Cartas desde Birmania (3): Agridulce Bagan

  1. bibliotecadeideas 10 abril, 2010 at 10:04 #

    :O!! No lo leo…

  2. Rubén 10 abril, 2010 at 14:28 #

    Joer, el chaval sí que limpiaba las habitaciones a conciencia… :S Espero que no se solidaricen más quitándote peso de los bolsillos! Muy buena la descripción del amanecer :)

  3. Riky 10 abril, 2010 at 16:31 #

    Hola,Carmen
    La vista de los templos y las pagodas debe de ser impagable ,tal y como lo describes.
    Cuando cuentas lo del dinero,los fajos de billetes con su goma, y eso, me recuerdas a los tratantes de ganado en el ferial de Torre..je,je..Bueno, la perdida no fue tanta,pero eso si, guarda bien la viña..por si…

  4. emanuele 10 abril, 2010 at 17:43 #

    A lo largo de meses de viaje, cosas como esta van a pasar, no se puede escapar. No te preocupes, todo es una experiencia :)
    Buon proseguimento…

  5. Criss 10 abril, 2010 at 21:08 #

    Carmen increible la descripcion del amanecer!!! como un cuento!! a mi me ha recordado al nacimiento q ponian en las caldas…nosotros ibamos alli los domingos jajaja
    la descripcion de como te has ido dejandoles de q hablar, parece la imagen d un videoclip, tipica letra quejandote d algo y la gente detras en plan mas borroso, es buenisimo! PEDAZO ESCRITORA Q TENEMOS AKI!
    lo dl dinero si esq ha sido el chico joven….mejor piensalo como algo positivo, igual le has resuelto un mes de vida y xa ti no ha sido tanta perdida, aunq no deje de ser una injusticia xsupuesto.
    sigue ahi como siempre, y recuerda q nunca vas sola! te tenemos rastreada!! jeje un beso!

  6. Giannina 11 abril, 2010 at 0:14 #

    Hola Carmen, maravillosa descripción del amanecer, adelante y cuidate mucho.-

  7. Asun y Ricardo 11 abril, 2010 at 16:45 #

    Hola Carmen:
    Muy interesante tu relato y la aventura de tu robo. Esto es también parte de un viaje, los problemas añadidos.
    ¿ Cómo justificarás esta cantidad en tu libreta de gastos ?
    Suerte en Mandalay.
    Saludos
    La Vuelta al Mundo de Asun y Ricardo

    • Ku 12 abril, 2010 at 12:13 #

      Hola Asun y Ricardo!

      Lo voy a incluir en un apartado aparte: “robos y timos”, del que hasta ahora no habia tenido que hacer uso, y espero no tener que volver a usar…
      Por supuesto, no entraran dentro de los “gastos diarios” en Birmania, eso lo llevo aparte.
      Parece que no, pero esto de llevar las cuentas punto por punto es un trabajo! Y en Birmania todavia mas, porque primero tengo que hacer el cambio de kyats a dolares, de dolares a baths (ya que los saque en Bangkok) y de baths a euros… Espero que a alguien le sirva de ayuda algun dia, porque si no…!

  8. mami 12 abril, 2010 at 10:49 #

    Comparto contigo lo maravilloso del amanecer de Bagan y creo que no se puede contar mejor. Que pena que no nos envies fotos, se nota mucho su falta.
    El robo no deja de ser una experiencia mas. Cuando se esta de viaje “pasan cosas”. !! menos mal que te diste cuenta y al menos libraste el pago de la habitacion!! Mira la parte buena. TQ

  9. Ku 12 abril, 2010 at 12:15 #

    Ya que por primera vez desde que estoy aqui, parece que puedo entrar en la administracion del blog, aprovecho para saludaros a todos y dar las gracias publicamente a Ruben, sin el que nada de lo anteriormente escrito habria llegado a vuestras pantallas (he tenido que enviarselo por mail y ha sido el quien se ha encargado de publicarlo). Gracias Ruben!

    • Rubén 14 abril, 2010 at 10:52 #

      Esto no lo había visto yo :DDDD Gracias a ti por darme por unos días la crónica en primicia ;D

  10. Toño 4 septiembre, 2018 at 21:51 #

    Interesantísimo tu post. Ahora, con 52 años, Y más de 40 países visitados, tengo una visión diferente de las cosas. Estuve en Bagan en el 2015. El ticket de la zona arqueológica eran 20 $. En dos ocasiones me pidieron el ticket. Lo normal es que no te lo pidan pero tampoco se trata de estar escondiéndote y estar huyendo de los vigilantes que, es cierto, son pocos; pero estar tranquilo y sin sobresaltos es importante. Ademas pagué porque así está establecido; que el gobierno los use para tal o cual cosa no me concierne lo que cuenta es la conciencia y el cumplimiento de las normas. Si no estás de acuerdo con el uso que el gobierno Birmania hace de las tasas e impuestos simplemente no vayas a Birmania. Me niego a ser parte del turismo pícaro que siempre busca pagar lo mínimo saltandose las normas a pesar de que algún ciudadano local me incite a ello. Luego las multas, las detenciones, etc. que vemos a diario en los medios de comunicación.
    Y para evitar robos y malos rollos a veces es mejor irte a un hotel un poco mejor que tampoco es demasiado caro pero te ofrece garantía de seguridad. No se necesita mucho para encontrar hoteles, restaurantes, servicios baratos y de mucha calidad en estos países. Eso si a veces hay que rascarse un poco más el bolsillo pero sigue siendo barato. Yo me aloje en una zona intermedia entre el viejo y el nuevo Bagan. Por cierto recomiendo Bagan a todo lector, lugar impresionante, mágico no se puede describir con palabras hay que verlo. Y sugiero que alquilen una moto eléctrica que existen ahora y son también muy baratas.
    Saludos y felicitaciones por tu post.

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