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Majuli, la isla de los monjes danzantes

A trescientos kilómetros de Guwahati siguiendo el curso del río Brahmaputra se encuentra Majuli, una de las islas fluviales más grandes del mundo variando su posición en el ranking según la fuente que se consulte, y que, al ritmo al que va, no solo seguirá bajando sino que no tardará en desaparecer.

Formada a fuerza de terremotos, inundaciones y cambios en el curso del sagrado río y sus afluentes, Majuli comenzó teniendo una superficie de 1250 kilómetros cuadrados que ahora apenas supera los cuatrocientos; mala coyuntura para la multitud de aves migratorias que hacen de ella su hogar habiéndola convertido en un santuario ornitológico, y también para todos aquellos que deseen conocerla y no se den prisa, antes de que sus tesoros queden sepultados bajo el agua.

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Las riquezas de Majuli no se calculan en lingotes de oro y plata. No hay en ella ningún gran mausoleo como el Taj Mahal, ni una ciudad llena de museos o animados mercados. Majuli es una isla de una sencillez monacal, y nunca mejor dicho, pero llegaremos a ello. De entrada baste subrayar que ha sido considerada tradicionalmente la capital cultural de Assam, si bien solo cuenta con pequeñísimos núcleos urbanos dignos de ser considerados como tal, que además se ven sumidos en la más profunda oscuridad y silencio a partir de la puesta del sol.

Los población de Majuli es en su mayor parte de origen tribal, destacando grupos como los Mishing, provenientes de Arunachal Pradesh, los Kachari o los Deori. Se dedican fundamentalmente al cultivo de arroz, del que cuentan con más de cien variedades diferentes, y aunque no se puede negar que la modernización ha llegado a la isla, el relativo aislamiento en el que viven ha permitido que conserven muchas de sus tradiciones, como la de reunirse en unos edificios comunales llamados Namghar los días de celebración o para realizar sus oraciones diarias. Y aquí empiezan las peculiaridades.

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[Calle de Kamalabari, el mayor pueblo de la isla.]

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Majuli es lugar de nacimiento y epicentro del Ekasarana Dharma, una forma de visnuismo surgida en el siglo XV de la mano de Sankardev, poeta, músico y dramaturgo que dedicó su vida a luchar contra las desigualdades sociales, acercando la religión a una mayoría de población analfabeta de la manera que mejor supo: mediante la música, el canto, la danza y el teatro.

Para ello Sankardev fundó en Majuli los satras, unos monasterios en los que los monjes (bhakats) son instruidos desde su más tierna infancia en los textos sagrados y el dominio de estas artes hasta convertirlas en sus mejores herramientas para comunicarse con Dios. De sus 65 satras iniciales, en la actualidad quedan en Majuli poco más de una veintena (dispersos por el estado de Assam llegan a contarse más de ochocientos), pero su funcionamiento y espíritu sigue intacto: los bhakats son reclutados con apenas seis años de edad y allí permanecen toda su vida, estudiando y aprendiendo a contorsionarse en formas imposibles. Ser célibe o no depende de la corriente que se siga: la del propio Sankardev, dos veces casado, o la de su discípulo Madhabdeva, quien renunció al matrimonio en favor de una vida espiritual más intensa.

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Durante los tres días que pasamos en Majuli pudimos ver cerca la vida en dos monasterios de ambos tipos. Podrían haber sido tres, pero el primero quedó en un intento frustrado, pues tras llegar sobre las cuatro de la tarde a Majuli y caminar los cinco kilómetros que distan desde Kamalabari al satra de Auni Ati, nos vimos con nuestro gozo en un pozo al descubrir que allí no se podía pasar la noche y debíamos volver el pueblo en medio de la negrura. Cosas que pasan. Al menos pudimos considerarnos afortunados por encontrar un lugar donde cenar, literalmente a dos velas, un thali sabrosísimo; toda una sorpresa en un estado que no destaca precisamente por su cocina.

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[La puesta de sol que presenciamos en el camino también fue una recompensa.]

Al día siguiente fuimos al más cercano satra de Kamalabari, un oasis de paz en el que apenas encontramos cuatro o cinco monjes paseando por sus jardines, y donde si bien el inglés brillaba por su ausencia, la hospitalidad rompió barreras lingüísticas cuando uno de ellos nos ofreció un desayuno crudo a base de maíz, soja, garbanzos, coco y otras plantas. Una de esas cosas que según las comes inmediatamente te hacen sentir un poco más sano (y además está bueno).

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Como debido a la falta de movimiento y nuestros problemas de comunicación ahí no había mucho que rascar, tras el desayuno pusimos rumbo dos kilómetros en dirección contraria hasta el satra de Uttar Kamalabari, donde por fin encontramos alojamiento y, lo que es mejor, a Debananda: un joven monje que hablaba inglés, estudiaba francés y además tenía ganas de practicar ambos idiomas. Él se convertiría en nuestra mayor fuente de información sobre Majuli y sus satras, pero antes de ello, para aprovechar el día dimos un paseo más hasta Garamur: otro pueblecito donde encontramos un satra habitado ya no solo por monjes sino por familias enteras, en cuyo Namghar las mujeres se hallaban reunidas en oración mientras los hombres preparaban cañas de bambú para una celebración que tendría lugar la noche siguiente, plan al que no dudamos en apuntarnos.

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Por lo que pudimos ver al regresar a Uttar Kamalabari, la vida en un satra transcurre de la forma más tranquila posible. No se suele ver a muchos monjes deambulando por los jardines, en tanto que durante el día todos se encuentran atareados en sus estudios, oraciones o trabajando el campo. Cuando aparecen suelen ir en grupitos y, si son niños, verlos con sus blancos ropajes y en muchos casos largas melenas, hace inevitable recordar a Mowgli, el protagonista de El libro de la selva.

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En el de satra de Uttar Kamalabari viven aproximadamente doscientos monjes, de edades comprendidas entre los seis años y la muerte. Tal y como vimos en la casa de Debananda, se distribuyen de tres en tres, de modo que cada hogar está compuesto por un monje anciano acompañado de un monje adulto y un niño. De esta forma las enseñanzas se transmiten de generación en generación.

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Observando a Debananda aprendimos también que los bhakats tienen normas tan curiosas como no tocar a otra persona antes de comer o hasta haberse lavado. Con otros preceptos son más flexibles; por ejemplo, teóricamente siguen una dieta vegetariana, pero Debananda se la saltaba comiendo pescado con la excusa de que lo compraba para mantener contento al pequeño monje de ocho años que había reclutado y ahora vivía en su casa, un “periodo de adaptación” del que él también se beneficiaba. Por supuesto, si un monje lo desea puede dejar el monasterio pero, ¿quién abandonaría una vida tranquila y asegurada, con educación gratuita y que además ofrece la posibilidad de viajar?

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[El flash en esta foto fue necesario. Cenamos con Debananda y su pequeño discípulo a la luz de un candil.]

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[La habitación de Debananda.]

Y es que los monjes “danzantes” del satra Uttar Kamalabari realizan giras culturales por todo el país (y, como se suele decir, también en parte del extranjero). A la mañana siguiente, tras un desayuno especial o jolpan debido al día festivo, compuesto por komal saul (una de sus especiales variedades de arroz, que tan solo precisa ser sumergido quince minutos en agua caliente y se come con cáscara), curd con mucho azúcar y una crêpe de arroz llamada phita, asistimos en el Namghar a una de estas representaciones de música y danza en la que pudimos comprobar que la elasticidad que ha dado fama a estos monjes es, efectivamente, algo extraordinario.

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Finalmente cogimos nuestras mochilas y cambiamos Uttar Kamalabari por el satra de Garamur, donde pasamos el día hasta unirnos a la ceremonia cuya preparación habíamos visto el día anterior.

Se trataba de uno de los tres Bihus que, a lo largo del año, los assameses celebran en cada fase del calendario agrícola: final de la temporada de cosechas, en enero; llegada de la primavera e inicio de la temporada, en abril (el más alegre); y el que nos tocó a nosotros, Kongali Bihu, que tiene lugar en octubre, cuando las cosechas  están en proceso de crecimiento  y los agricultores piden que lleguen a buen término encendiendo pequeñas velas en sus casas y campos. En los satras la ceremonia incluye un acto solemne en el que, entre cantos y oraciones, unas lamparitas se elevan hasta ser colgadas en lo alto de grandes cañas de bambú, donde permanecerán encendidas toda la noche en un gesto con el que también se quiere indicar a las almas de los fallecidos el camino al cielo.

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Finalizada la ceremonia, en la que solo participaron hombres, estos se reunieron en el Namghar para proseguir con sus oraciones entre tinieblas y un silencio solo roto por el sonido de los tambores y los címbalos, el murmullo de los cánticos, y el croar de alguna rana saltarina que no quiso perderse la oportunidad de sumarse a la celebración, al igual que nosotros, como despedida de Majuli antes de cambiar Assam por las montañas de Nagaland.

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22 comentarios en Majuli, la isla de los monjes danzantes

  1. Rafa Pérez 18 noviembre, 2013 at 11:24 #

    Cuánto se echa a faltar en la blogosfera el buen periodismo de viajes. Menos mal que puedo pasar por blogs como el tuyo. Gran trabajo, me ha encantado.

    • Carmen 18 noviembre, 2013 at 11:29 #

      ¡Que me vas a sonrojar! Muchas gracias, Rafa :D

  2. Noelia 18 noviembre, 2013 at 12:18 #

    Increíble viaje e inolvidable experiencia

  3. Eider 18 noviembre, 2013 at 12:54 #

    Que sitio tan bonito, las fotos me inspiran tranquilidad y son sitios poco transitados verdad?

    • Carmen 19 noviembre, 2013 at 11:56 #

      Muy poquito. El turismo de masas todavía no ha llegado aquí, por ahora…

      ¡Un saludo!

  4. Pau 18 noviembre, 2013 at 18:23 #

    Precioso relato #asusual, una pena que Majuli vaya a desaparecer :(

    • Carmen 19 noviembre, 2013 at 11:57 #

      Gracias, Pau! Y ya sabes: ¡ven cuanto antes! ;)

  5. mami 21 noviembre, 2013 at 10:54 #

    Qué bonito! Qué interesante todo lo que cuentas. Pero ¿Cómo diste con un sitio así?? Muy interesante, aprendemos.

    • Carmen 23 noviembre, 2013 at 16:31 #

      Todo está en los libros, Majuli es una isla importante :) Aunque, en este caso, la sugerencia vino de mano de Antonio ;)

  6. po 21 noviembre, 2013 at 17:31 #

    sugerente entrada Ku, rezuma serenidad, que lejos de nuestro día a día…

  7. Zé Pequeña 23 noviembre, 2013 at 16:24 #

    ¡Simplemente genial! Con las fotos ya he podido sentir el ambiente de paz y tranquilidad que se respira allí :) Por cierto, ¿dejan a los turistas dormir en los satras?

    • Carmen 23 noviembre, 2013 at 16:34 #

      En algunos, como Uttar Kamalabari, sí. Muchos cuentan con una pequeña “guesthouse” donde se paga por dormir unas 150-300 rupias la noche (depende también del número de personas que ocupen la habitación).

      ¡Un saludo!

  8. Avelino 23 noviembre, 2013 at 19:10 #

    Muy buen articulo , y las fotos preciosas . Un lujo poder leerte .

    Un abrazo

  9. Iris 30 noviembre, 2013 at 11:48 #

    Hola Carmen, ¿ya no viajas sola?
    Sigo tu blog desde hace mucho pero quizás me he perdido algo…
    Enhorabuena y sigue delitándonos con tus aventuras ;-)

    • Carmen 15 diciembre, 2013 at 14:04 #

      ¡Hola Iris! Viajo de todas las formas posibles, a veces sola, a veces acompañada… En esta ocasión he salido sola, ¡pero los viajeros tenemos tendencia a encontrarnos en los lugares más raros! ;)

      ¡Un abrazo!

  10. javi vueltas al mundo 28 diciembre, 2013 at 14:03 #

    Increible experiencia, me ha encantado tu post. :)

    • Carmen 11 enero, 2014 at 8:25 #

      Gracias Javi, me alegra que te haya gustado :)

  11. Rodi G 8 enero, 2014 at 11:04 #

    espectaculares las instantaneas que has tomado en este viaje

    • Carmen 11 enero, 2014 at 8:43 #

      Tampoco es para tanto, pero muchas gracias :D

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