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Cartas desde Birmania (8): Yangon y reflexión final

Mi escapada a Myanmar termina donde comenzó: en Yangon, desde cuyo aeropuerto regresaré mañana a Bangkok, poniendo así punto final a mi periplo birmano.

Si se la compara con otras grandes ciudades de Asia, es cierto que Yangon no presenta tantos atractivos como cabría esperarse de la que hasta hace poco fuera la capital de Birmania: unos cuantos edificios de estilo colonial en el centro, un par de grandes mercados donde se vende absolutamente de todo, y por supuesto, la magnífica Shwedagon Paya, icono del país y, según la “Lonely-Biblia-Planet”, un completo “must” que no se puede dejar de visitar, aunque su entrada cueste 5 dólares que, como siempre, van directos a las arcas de la Junta Militar.

A pesar de no ser ya oficialmente la capital del país, en la práctica Yangon continua siendo un importante centro de negocios, cultural, y en definitiva, una urbe llena de vida. El centro de la ciudad no descansa  ni siquiera los domingos, haciendo de esta zona un hormiguero de personas de toda clase social y condición, que a cualquier hora del día luchan por abrirse paso entre los coches, entran y salen de los comercios cargados de bolsas, y se reúnen en los puestos para picar algo o apagar su sed con zumos de frutas, en un intento por sobrevivir al terrible calor que hace en la calle.

Así que, estos tres días, como “una birmana más”, los he empleado en tratar de salir ilesa en los cruces de calles (donde opera la ley del más fuerte y los pasos de peatones no sólo son escasos sino, además, absolutamente inservibles), ponerme los dientes largos en los mercadillos, dar un largo paseo hasta la Shwedagon Paya, dejarme tentar por los puestos de comida en los alrededores de Sule Paya (en los que por dos duros puedes llenarte a base de deliciosa carne a la parrilla y, por supuesto, todas las especialidades de arroz y noodles que puedan imaginarse), escabullirme de los buscavidas empeñados en cambiarme más dinero (y, tal vez, cono un poco de suerte, timarme de nuevo) y entretenerme buscando las “siete diferencias” entre los habitantes de la gran ciudad y aquellos de la zona del lago Inle.

No resulta muy difícil. Los habitantes de Yangon, en su mayor parte, tienen otro porte y visten de manera diferente; especialmente la juventud. Las chicas han dejado en el armario sus faldas floreadas y se enfundan en estrechísimos vaqueros pitillo; las mujeres de mayor edad, si bien optan por un estilo más tradicional, llevan blusas y faldas de una calidad notoriamente superior a las de las zonas más rurales, y pasean elegantes por las estrechas aceras, abiertos sus enormes paraguas para protegerse del sol, haciendo de éstas un lugar más intransitable que la Gran Vía madrileña una tarde lluviosa de sábado en el mes de diciembre. Por su parte, los hombres siguen fieles la tendencia del longyi, una prenda que a todas luces debe ser comodísima, visto el éxito que tiene incluso entre los chavales de 17 años que salen a divertirse.

Mientras hago tiempo para acostarme (quiero hacerlo pronto, pues mañana mi avión sale temprano y el aeropuerto está a casi una hora del centro), hago balance de los días que he pasado en este fascinante país y pienso que, si alguien me preguntase si recomiendo su visita, la respuesta no puede ser otra que un sí rotundo. Un sí rotundo siempre que se esté dispuesto a salir, por una vez, del círculo vicioso de los resorts de lujo y los paquetes organizados que enseñan sólo la parte que a ellos les interesa, dando su buena parte de los beneficios a un Gobierno que vive a base de oprimir a sus ciudadanos, e impidiendo al viajero zambullirse de lleno en la cultura y el estilo de vida de un país que tiene mucho por ofrecer y enseñarnos.

Birmania es, posiblemente, el país asiático menos “contaminado” por las corrientes de occidente, algo que, desde la perspectiva viajera, no tiene precio. Quien quiera encontrarse con la auténtica Asia, la Asia rural, la de los mercados flotantes (auténticos, no enfocados al turismo y la venta de souvenirs como en Tailandia); la de las mujeres maquilladas con thanaka y hombres vestidos con “falda” y (escasos) dientes rojos de tanto rumiar betel (una costumbre más extendida, casi me atrevería a decir, que en la propia India); la Asia donde los principios del budismo siguen dirigiendo las vidas de las personas y todas las mañanas un grupo de monjes lava las imágenes de los templos con el mismo mimo quinientos años atrás; apostará seguro viniendo a Birmania.

No cabe ninguna duda de que el aislamiento al que se ha visto forzosamente sometido ha contribuido a mantener casi intactas sus costumbres y tradiciones, algo que lo convierte en un destino enormemente atractivo. Sin embargo (y esto es algo que no puedo dejar de preguntarme),¿a qué precio?

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3 comentarios en Cartas desde Birmania (8): Yangon y reflexión final

  1. po 26 abril, 2010 at 8:27 #

    hola ku, sÍ es cierto que los birmanos pagan un precio alto por su aislamiento, pero, repudiando, como no, cualquier dictadura, estamos sometidos a esta globalización que nos dicta, uniforma y alinéa cada día un poco mas.
    Intenta llamarnos desde thai, tenemos muchas ganas de oirte. UN BESO MUY FUERTE

  2. MAMY 26 abril, 2010 at 11:16 #

    Esperemos que en Thailandia te refresques un poco, o cuando menos, no pases el calor terrible de estos dias.
    Intenta enviar fotos. Estamos deseando verte.
    TQ.

  3. Mari 26 abril, 2010 at 13:59 #

    Kuuuuu en cuanto pueda te escribo un email,tengo unas ganas de ver las fotos!
    Hay a veces que me surge la duda (que es mejor vivir aislados o contaminados??) ellos no ven mas allá,son felices.

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